Puentes a la eternidad Agosto 31, 2007
Posted by elwawel in Puentes.add a comment
Cualquiera diría que soy -o que me he vuelto- arquitecto. Ayer hablaba de los puentes, y hoy vuelvo a retomar su imagen, a veces sólida y airosa otras.
Los puentes en los que hoy pienso salvan el espacio que media entre esta orilla fugaz y aquélla definitiva. Y son así, realidad plural, porque cada uno los diseña a su manera.
Los puentes medievales soprenden por su sencillez y su nobleza. De la piedra les viene la solidez; de los ojos, el aire. Sobre ellos, la calzada se tiende como una alfombra de una margen a la otra. Y no hay prisa ni vértigo: el petril nos permite asomarnos, con la actitud abandonada del peregrino, y contemplar así la corriente fugitiva.
¿Cuánto es el tiempo que empleamos en construir ese puente que se nos dice nuestro? ¿Toda la vida acaso? ¿Apenas los días que nos restan?
Podría ser, incluso, que cupiera la posibilidad de transitar un puente ajeno. ¿Qué mano, entonces, nos lo ofrece?
Será una mano amiga.
Puentes Agosto 30, 2007
Posted by elwawel in Puentes.add a comment
Hace poco se cayó un puente en los Estados Unidos. Por acá, por Paraguay, alguien dijo que habría que revisar los nuestros, los que nos unen con el Brasil y la Argentina sobre el caudaloso Paraná, o con nuestro Chaco sobre el río Paraguay.
Y es que los puentes unen. Gracias a ellos, incluso el espacio más aislado deja de serlo. De ahí lo trágico de su caída.
Quizás sea mi condición de ‘transplantado’ al otro lado del océano la razón de mi querencia por los puentes; quizás lo sean la desunión y la discordia que enrarecen el aire que nos rodea; quizás la constatación diaria del dolor que atenaza a tantas y tantas familias paraguayas, rotas por la emigración obligada a España, a otros países.
Porque si en otras costas mora el espacio original del que salimos, el puente acerca. Porque puede que sea la corriente vertiginosa y alocada de nuestros días la que nos separa y nos precipita en la discordia. Porque, al fin y al cabo, el puente primero, el que persiste más allá de los raudales y tormentas, es el cordón umbilical gracias al cual nos sabemos nutridos y acogidos.

